Eduardo Mayén Poeta y escritor guatemalteco
©Eduardo Mayén | Angel Press | Derechos Reservados

LA MUERTE DEL POETA


Extrañaron mi partida,

pero no dejaron flores.

Los poetas no se acercaron

ni dejaron sus poemas de amores...


He muerto a la vida,

me uno a la muerte.

No lloren por mi todavía,

pues mi poesía vive,

como cuando estaba presente...


Los años llorarán la muerte del poeta,

la gente con tristeza hablará de sus versos.

Entonces el mundo escarbará entre cada letra,

las rimas donde el escritor plasmó sus sabios

consejos...


Eduardo Mayén©




EL ESPEJO


Mi rostro se llenó de tristeza

al verme en el espejo...

Los años habían pasado,

la juventud abandonado

y me había convertido,

de la noche a la mañana,

en un viejo.

¿Cuándo pasaron los años?

Me pregunté,

mientras observaba

detenidamente mi reflejo.

¿Por qué tengo los ojos cansados,

el cabello blanco,

me tiemblan las manos

y las fuerzas me han

abandonado?


Permanecí callado, inmóvil y sin parpadear,

mirando al extraño del espejo.

Llorando al recordar que aquel reflejo,

era apenas ayer un jovenzuelo de dieciocho años

y miraba muy lejos el envejecer...

Pero ahora...

Ahora era un anciano de paso pesado...

Ya no corría tras las mujeres porque estaba cansado.

Ni las tomaba entre sus brazos,

ni caían en sus redes

ni les brindaba mil placeres.


¡La juventud se lleva en el corazón!

dijo emocionado el extraño del espejo.

Limpie mis lágrimas y le sonreí,

porque si bien, pasaron los años,

en ese momento comprendí...

que el cuerpo había envejecido,

mas el joven que un día fui,

seguía vivo dentro de mí...


Eduardo Mayén©

TUS OJOS

Esos ojos... me miran curiosos,

tan curiosos tan hermosos,

que hablan de amores,

amores dichosos...


Desde niño veo tus ojos,

esos ojos curiosos,

pero no vi los amores,

los amores dichosos...


Eduardo Mayén©

LA ROSA


Descubrí una rosa cuando estaba anocheciendo,

tenía los pétalos despeinados y arrugadas las hojas.

La observé desde lejos, corrí a su lado,

la alcé tiernamente con estos dedos tan viejos…


Triste y marchita moría entre mis manos temblorosas.

De verde y de espinas punzantes ella vestía.

Besé sus pétalos, besé sus hojas,

no mueras supliqué mientras consolaba a la que moría…


En sus ojos entre abiertos una lágrima nadaba,

no quería estar sola y sin fuerzas mi mano tomó.

Tembló con miedo al ver que su fin se acercaba,

dio un último suspiro y mi mano soltó…


Lloré al ver que todo había terminado.

Sin vida su tallo, sus pétalos, sus hojas.

Me invadió la rabia, grité como un rayo enojado,

porque había muerto la más bella de las rosas…


Eduardo Mayén©